miércoles, 10 de diciembre de 2008

Mi confrontación con la Docencia.


Yo Toco el Futuro.


Cuando llegué a Tampico –en aquel entonces un puerto polvoriento con escasa infraestructura urbana situado en las márgenes del golfo de México– con el propósito de estudiar Ingeniería Química Industrial, mis aspiraciones realistas tenían qué ver con graduarme y conseguir un espléndido trabajo para llevar una vida de relativa comodidad.

Pero la auténtica verdad es que mis grandes aspiraciones estaban depositadas en la medicina, carrera que no me fue posible estudiar por muy adversas circunstancias familiares y económicas. Y eso le puso el epitafio a mi intenso sueño infantil de crecer y hallar la cura para el cáncer.

Han transcurrido cerca de treinta y cinco años desde entonces. ¿Cómo es que terminé siendo una docente de carrera que ha tenido la dicha de tocar de manera directa mediante la enseñanza a más de 20,000 jóvenes?

Todo comenzó como un asunto de logística familiar de lo más trivial que puedan imaginarse: toda la familia –compuesta por una madre viuda y 7 hermanos aparte de mí– terminó residiendo en el entonces polvoriento Tampico, de modo que cada uno de los hijos tuviera acceso a educación superior. Cuando yo estaba en el primer año de la carrera, el viejo Dart de la casa quedó libre, pues los hermanos mayores ya eran autosuficientes. Así que mi madre lo puso a mi disposición a cambio de que hiciera “algo productivo”.

Bien saben ustedes que en los 70’s tempranos no eran abundantes las opciones para un trabajo femenino decente de medio tiempo, así que –recordando la facilidad con que en la secu y la prepa explicaba a mis compañeras las tareas– comencé dando clases particulares –a domicilio– a varias alumnas de los colegios de la zona.

La madre de una de esas alumnas, agradecida por los progresos que bajo mi tutelaje su hija había hecho, me recomendó para una vacante, precisamente en el exclusivo colegio al que su hija asistía. Todavía recuerdo el primer día que pisé la tarima del salón para enseñar a un nutrido grupo de alumnas que eran apenas unos tres años menores que yo.

Y cuando acordé, tenía trabajo en cinco colegios distintos. Entonces descubrí que eso a lo que yo llamaba facilidad era en realidad un talento innato (y disculpen que en este punto me falle la modestia).
Al mismo tiempo me percaté que la vida me estaba llevando –finalmente– en una dirección a la que sí me apetecía ir.

La docencia es una carrera en la que muy difícilmente se logran glorias como las que le esperan al médico que un buen día anuncie que ha sido capaz de descubrir alguna cura definitiva para el cáncer (o una cura para al menos una de las múltiples clases de cáncer que hay). Y sin embargo, es una de las carreras más nobles y gratificantes que puede haber porque siempre nos mantiene jóvenes y porque tocamos el futuro en cada uno de nuestros alumnos. Hoy, a más de 35 años de distancia de aquella mañana en que por primera vez pisé una tarima en calidad de maestra, puedo afirmarlo con total conocimiento de causa.

Bien decía el beatle John Lennon que “la vida es aquello que pasa mientras planeamos el futuro.”
Y me siento muy agradecida con el Creador por mi ocupación privilegiada.

Mi lema y mi bandera, aquel que encierra no sólo el significado de mi trabajo, sino de mi vida entera, es: Enseñar e Inspirar.




I touch the future. I teach.
Respuesta que dio Christa McAuliffe cuando le preguntaron qué hacía ella antes
de ser seleccionada para ir al espacio exterior en 1986 a bordo de Challenger.




Yo toco el futuro. Yo enseño.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Relato conmovedor.
Gracias por compartirlo.